
Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.
Carta abierta a Javier Pineda Lazo «Potajito». Por Benito Trujillano Mena
Estimado Javier:
Nunca pude imaginarme que tendría que escribirte estas letras a las que ahora me veo obligado por tu pronta e inesperada partida.
Va para un año. El tiempo pasa inexorablemente. Nos has dejado esta sensación de vacío difícilmente rellenable por los recuerdos. Destaco el gran número de personas que han sentido tu marcha. No has caído en el olvido. Sigues en lo más profundo de las entrañas, pues has sembrado lo mejor de ti aquí en tu tierra, en tu pueblo.
La vida a veces duele, a veces cansa, a veces hiere. No es perfecta, no es coherente, no es fácil.
Si veinte años no es nada, sesenta, tu edad, es casi nada. Naciste para la música. Si tu familia, los Lazo, te dieron el sentido del ritmo, los Pineda lo amasaron en ese mundo mágico del flamenco.
Tu infancia es un trasiego de gentes en la carnicería. Tu campo de acción se desarrolla y se alterna entre la Carrera y la Plaza.
De carácter bullicioso, a veces nos dejabas entrever una timidez incipiente. Eran nuestros primeros tiempos, aquellos en que Casares se desperezaba de una noche larga, negra y triste.

Casares, 1967 (Juan Miguel Pando Barrero. Archivo Pando. IPCE. Ministerio de Cultura y Deporte)
La música llegaba a tus oídos antes que las primeras luces: las radios, las ferias, los bailes del Kiosco, esa diana floreá del programa de ferias… allí estabas, tratando de descubrir esa sonoridad melódica.
Los territorios de la infancia son la patria del hombre o la mujer. Con nostalgia recordamos aquellos años, tiempos inolvidables repletos de personajes que colmaron nuestra escuela de aprendizaje en un Casares que, por desgracia, ha muerto.
En ti y en tu formación musical recoges las enseñanzas y la composición del fandango de Casares de la mano de señá María la Casteza, señá Juana La Troncha y de aquellos bailes de fandango con que los mayores pretendían perpetuar su herencia en lo nuestro; identidad en estado puro.
Por vecindad, quisiera recordar a todos los fandangueros olvidados. No perdían la oportunidad de ejecutarlo en aquellos concursos de ferias. Eran supervivientes de muchos naufragios personales y colectivos.
Siendo niño, en el Mesón Manilva de Manolo Gil bebiste de la fuente de ese saber supremo y profundo del mundo flamenco en su mayor pureza.
Tu primera guitarra la consiguió tu madre a cambio de comprar los aliños de los embutidos en una cantidad indeterminada.

Fandangos de Casares. La Tadea, recorte (Archivo: Franchesca Ledesma Lazo)
En tu juventud, fueron pasando por tus manos todos los instrumentos musicales. Cuanto más se te resistían, más insistencia ponías en su aprendizaje: corneta en aquella Banda Municipal, el acordeón y un largo etcétera.
Recuerdo al visitar tu casa que estabas en un pasillo sacándole notas a un pequeño piano. Daba igual el tiempo, la persistencia era aún mayor.
Tu peculiar carácter, nervioso, temperamental y no dócil, te hizo estar alejado de toda enseñanza musical reglada. Gracias a don Gabriel, el cura, aprendiste solfeo.
La guitarra española, con cuerpo de mujer, hecha de maderas nobles y cabellos de cuerdas, fue tu alma mater, te sedujo y te conquistó hasta el último día.
Te encantaba escuchar a los cantaores, como gran escuela de aprendizaje. Te dieron la inspiración para sacar adelante los mejores compases como gran guitarrista: Vallejo, Mairena, Niño de la Rosafina…
Te definías como guitarrista acompañante, prefiriendo ante todo las bulliciosas bulerías, dulces malagueñas y granaínas, y nostálgicas milongas.
Le tocaste a buenos cantaores flamencos como El Perro de Paterna, Aguilar de Vejer, Pepe de Cañete, Paqui Corpas, etcétera, perpetuado en Diego Marín.

Hay tres tipos de casareños: los de nacimiento, que se alejan para siempre y solo son una referencia perdida; los casareños de fines de semanas y festivos, a los que les encanta Casares y sus celebraciones; y los terceros, que procuran hacer un Casares mejor, cada uno en su faceta. A ti te tocó jugar un papel en nuestra historia cultural, en nuestra identidad como pueblo y para transmitir la herencia musical de nuestras gentes.
Este camino de la cultura y el patrimonio es duro, poco reconocido e ingrato. Alguna vez tendrán que darle el valor que se merece.
En eso estoy contigo, Javier: “Los reconocimientos hay que hacerlos en vida”, después de muerto…
Tu homenaje lo teníamos previsto para el Festival Flamenco en el verano del 2024, comandado por Paco Balbuena, pero la parca con su presencia fría, hostil y tremenda se nos ha adelantado.
Nuestra generación, gracias a ti, ha conseguido recuperar de la memoria el fandango de Casares, con su ritmo, del cómo somos. Simulacro de nuestras calles, con subidas y bajadas y un latido de taquicardia enloquecida, como sangre caliente que recorre nuestras venas es la banda sonora de nuestras vidas.

Bailes de fandango durante el V Festival Flamenco Rosa Fina de Casares, 2022 (Autor: Rafael Galán García)
Admiro tu participación inexcusable en todo tipo de fiestas, siempre que se necesitara revestir con musicalidad el ambiente, con el coro rociero, en las celebraciones, en los festivales y en cualquier evento popular.
Has sido imprescindible en la Peña Flamenca de Manilva, donde te sentías en tu casa. También en Estepona fuiste nuestro mejor embajador.
El sentido de la justicia te llevo a ser Juez Municipal, recogiendo el testigo de tu padrino.
Salvaste de ser vendido como chatarra el proyector del Cine Albarrán, recuperando con ello una parte importante de nuestros recuerdos y sentimientos repartidos entre indios y vaqueros, amores imposibles en cualquier puerto, desde el Cid Campeador a Agustina de Aragón; en fin, momentos de lo que el viento no se pudo llevar.
Tras tu marcha, la desolación emerge en el antiguo caserón de Laporte. El desconsuelo, la tristeza, las lágrimas en lo cotidiano y la ausencia del que lo ha sido todo en su familia.
Ana Mari, tus hijas y nietos han tratado de acostumbrarse a esta nueva realidad. A duras penas, tus hermanos y sobrinos difícilmente aceptan este nuevo reto de la ausencia.

Emi la del Mellizo y Potajito de Casares (Autor: José Antonio Cano Mateo)
Puede que haya otra vida, yo no lo sé. Los que habéis partido ya tenéis mejor información. Si la hubiese, seguro que todas esas gentes que hemos querido en demasía formáis un Casares celestial.
Contigo recordamos también personajes de nuestro entorno difícilmente olvidables. Tu tío Manuel, sentado en su puerta recogiendo el fresco de esas tardes aciagas de verano, con su ironía y su filosofía hedonista de la que todos somos participes: “Como en su casa no se come en ningún sitio”. Tu padre, Prudencio, negociando algo con el cordero pascual. Y tu madre, Carmen, con su eterna y bondadosa sonrisa. Juan Mora y Pepita disfrutando con tu ingenio. Tú, rodeado de una corporación de gentes flamencas y fandangueras. Bartolo Panguingo, el Niño de Montecoto -no te olvidamos- en ese recuerdo amargo de un luchador por la vida. Emili Echevarne; seguro que disfruta con su guitarrista acompañante preferido. Y tantos otros que, aunque sea injusto no nombrarlos, siguen estando ahí, en el pedestal de nuestros recuerdos.

Ana Pineda al cante y Javier Pineda «Potajito de Casares» a la guitarra
Voy terminando, Javier, pero no quiero hacerlo desde la tristeza, la pena por tu ausencia y la gran pérdida para nuestra cultura e identidad casareña. Quiero decirte que nos hemos quedado con tu música grabada. Es una forma de hacernos fuertes y de perpetuar tu presencia, tu memoria y el reconocimiento que te debemos.
Cualquier día es bueno para volvernos a reencontrar, fundirnos en un abrazo y comentarte cómo nuestras gentes siguen creciendo. Por mi parte, cómo los Trujillano Pineda comparten el entusiasmo y el carácter, como mejor herencia de nuestras familias.
No te olvidaremos tan fácilmente. Pasas a nuestra pequeña o gran historia de Casares, como Blas Infante recogía en sus Inéditos, recordando su añorada infancia de principios del siglo XX, salpicada por fandangueros de Casares como el guitarrista Carlos Vargas “El Cojo Carlos” con sus sonidos rasgados, el cantaor Minuto y su voz quebrada, y el bailaor El Guerra, entregado al momento mágico.
Probablemente nosotros ya no tendremos la oportunidad de conocer a otro excelente guitarrista de Casares, pues la cadencia de cien años no hay quien la supere.
Un abrazo y hasta siempre. Seguro que cualquiera de estas noches, si miramos las estrellitas del cielo entre Sierra Crestellina y Sierra Bermeja, todas se alinearán en constelación y recogerán nuestro sentir: Gracias Potajito.
En Casares a un año del fallecimiento de Javier Pineda Lazo.
P.D. Cuando veas a mi madre dale muchos besos y dile que no la olvidamos, y que su agudeza, ingenio y genio nos acompañarán el resto de nuestras vidas.
La muerte no existe, la gente solo muere cuando la olvidan, si puedes recordarme siempre estaré contigo.
