Javier Pineda Lazo, Potajito de Casares (© Claudia Ruiz Caro / Festival Rosa Fina de Casares)

La guitarra de Potajito. Por Ramón Rodríguez

El fandango cortijero es el eco más antiguo de nuestras sierras, tan antiguo como el canto de las chicharras o los burbujeos del mar. Nadie sabe de dónde viene, del cielo o de las vetas oscuras de la tierra. El Potaje lo escuchó por primera vez en Casares cuando era un crío, y eso le hizo querer ser músico. Su madre le apañó una guitarra y en una semana ya se sabía las posturas.

Eran los años en los que se abandonaban las cortijadas. Había nostalgia de las músicas perdidas y existía un ánimo de recuperar los bailes del campo que ya pocos bailaban. En Casares se montaban fandangos en la calle. A veces con crótalos y guitarra. Lo tocaban y lo cantaban sobre todo las viejas. Si a Javier la vida le hubiera dado otra escuela, su guitarra sonaría parecida a la de otros guitarristas de su generación, pulida y limpia. Pero el toque del Potaje está más hecho de barrancos y honduras que de tablaos y escenarios. No es fácil grabarlo. Su toque requiere de aire y madera, de templos antiguos. Cuánta verdad hay en los que creen en que la música es energía y que los micrófonos, a veces, pueden captarla.

CD La guitarra de Potajito y los flamencos de Casares

Cuando grabamos al Potaje hacía viento y crujían las maderas de la iglesia. Un busto de Blas Infante nos miraba impávido junto a una enorme tinaja romana. Pablo colocó sus micros, uno de ellos al final de la escalera de caracol que sube al campanario. Por ella ascendían rasgueos y quejíos. Una pareja de cernícalos volaba junto a la ventana. Cómo guardar en un instante todo lo que la guitarra del Potaje quería contarnos, toda la magia que le rodeaba en aquel momento, su sabiduría…

Potaje tiene historias para dar y regalar, y las cuenta muy bien. Es un gusto escucharlo hablar de sus tocaores favoritos y de los festivales que ha visitado. Porque es un aficionado de los buenos. Pero como artista es único. Sabe escuchar. Escudriña dentro del cantaor como un astuto zorro de la Crestellina mientras se abandona en un remolino suave de arpegios y rasgueos. Ninguna toma es igual a la anterior. El Potaje improvisa siempre sus falsetas, no sabe, no puede memorizarlas. Tampoco quiere. No le interesa el virtuosismo. Le interesa la transmisión de esa energía que le fluye y tal vez le domina. Así debería ser siempre la música. Un torrente de energía pura que sube por los campanarios buscando el vuelo de los halcones.

Por Ramón Rodríguez

Este texto está incluido en el CD «La guitarra de Potajito y los flamencos de Casares«, editado por el Ayuntamiento de Casares y que será presentado en el 6º Festival Rosa Fina de Casares

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